Las causalidades

Te vi y me cautivaron tus palabras, tu sonrisa alimentó mi cuerpo y tu abrazo impregnó de un sentir sereno todas mis partes. De pronto, a tu lado, dejé de tener miedo.

Recuerdo cómo nos reíamos al descubrir que nuestros padres se casaron el mismo día, del mismo año, a 700 kilómetros de distancia y con una hora de diferencia.

Y la sorpresa que nos llevamos al saber que fuimos a visitar el Guggenheim de Bilbao, el mismo día, a la misma hora. Puede que hasta incluso nos cruzáramos, sin sospechar quiénes éramos, sin tener idea de que un tiempo más tarde, seríamos carne y beso, unión y sueños.

Ambos venimos de familias de emigrantes, maletas viajeras, lágrimas por las distancias, anhelos por los que la lejanía nos arrebataba.

Nos parecía asombroso la de coincidencias que teníamos a la hora de pensar y sentir.

La primera vez que te vi estabas ahí, en el momento exacto, en el instante correcto.

Me cautivaron tus palabras, tu sonrisa alimentó mi cuerpo y tu abrazo impregnó de un sentir sereno todas mis partes. De pronto, a tu lado, dejé de tener miedo, dejé de sentirme sola, me invadió la serenidad de lo completo.

Te recuerdo, te recuerdo de antes, de algún sitio, de algún otro momento.

Siento que sí, que ya eran mías tus caricias y tus tiernos besos, antes incluso de darte el primero.

Te recuerdo Gabriel, de veras, ya no sé desde cuánto hace que te quiero.

Será de otras vidas y de otros vientos.

Será de otras historias y de otros cuerpos.

Soñé un día que estabas a mi lado.

Soñé que estabas a mi lado, no era mi cara, ni era mi cuerpo, no era tu cuerpo, ni era tu cara; ni esta época, ni este tiempo; pero aseguro que te vi, lo doy por cierto, con otras ropas, en otro lugar y otros vientos.

Tenía los mismos sentimientos, almacenados, en mis adentros, iba vestida de blanco impoluto, a coro, dijimos sí, en el templo.

Era una pequeña iglesia de pueblo, algunos familiares lloraban de emoción, como si estuviera ahora allí, lo estoy viendo.

Calculo por los adornos y ropajes, que sucedió allá por el mil quinientos.

Yo te quería, como se le puede querer a un maestro, a un compañero de viaje que lleva conmigo desde un inicio, desde un comienzo, éramos parte única de un todo mayor, de un compendio, de una gran unión.

Quizá te preguntas cómo supe que eras tú, en aquel escenario distinto, que se me apareció en el sueño, donde mi cuerpo y el tuyo no eran nuestros cuerpos, los que ahora llevamos puestos.

Deja querido, que te lo explique: mientras observada desde fuera este sueño, miré tus ojos, allá en el templo, justo en el momento de decir “Sí, quiero”.

Y eras tú, mi caballero, mi amor único, mi amor primero.

Tus ojos eran azules, en ese sueño, iguales que los que tienes, aquí y ahora, mientras te cuento, con detalles, este sueño.

Así supe cierto, que aquello era más que un sueño, era un recuerdo, de otra vida, con otro cuerpo.

Gracias por tanto y por todo. Gracias a la vida que con su infinita sabiduría, a través de la magia de las causalidades y las sincronías, nos juntó.

Te quiero.

Canción: “He muerto y he resucitado”, Los Secretos

Abrazos de corazón.

Mirena

Nota: parte del texto ha sido extraído de mi libro: «Más allá de las manos».

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